sábado, 12 de diciembre de 2015

Antinoo o la apoteosis de la homosexualidad

Busto de Antinoo del Museo del Prado
Gracias al maravilloso libro de Marguerite Yourcenar, Memorias de Adriano, el reinado de dicho emperador es uno de los mejor conocidos de todo el periplo imperial de Roma.
Busto de Adriano
Adriano, uno de los emperadores de origen hispano (nació en Itálica, cerca de Sevilla), pasó a la historia como el emperador bajo el cual el Imperio llegó a su clímax, a su máxima expansión (fue el sucesor de Trajano). Pero también fue conocido como el emperador enamorado de Grecia y como la máxima expresión del amor homosexual, ya que llegó a ordenar que se honrara como a un dios a su difunto amante, el joven Antinoo. Hay mucha literatura sobre cómo el emperador conoció a su jovencísimo amante (aunque su relación
duró hasta que Antinoo tuvo 20 años, en su origen fue una relación pederasta), pero lo más importante, en lo que nos concierne, es que tras la trágica muerte de su amante (murió ahogado en una crecida del Nilo) Adriano le lloró tanto que mandó edificar una ciudad en el lugar del trágico accidente (Antinoópolis) y ordenó que por todo el Imperio se le rindiera culto como a un héroe, no faltando quienes piensan que llegó incluso a intentar incluirlo en el panteón romano, con categoría de dios.
Antinoo Farnesio
Sea como fuere, lo cierto es que Antinoo es el personaje humano más representado en la estatuaria romana clásica, encontrando esculturas que lo glorifican en todos los rincones del Imperio, desde Hispania hasta Egipto, asociando su imagen al culto a Apolo, Dionisos o Osiris. Esta proliferación de imágenes dio lugar también, con los siglos, a la identificación de Antinoo con el ideal de belleza clásica, lo que llevaría a artistas de todos los tiempos a representarlo en sus obras.  Ya hemos visto en clase de Fundamentos del arte y en Hª de España que Roma, ese pueblo brutote, avasallador y orgulloso, cayó a los pies de la cultura griega abrumada por su cultura, sus manifestaciones artísticas y sus concepciones estéticas. De hecho, hay quienes consideramos que el arte romano es algo más que un híbrido de sus raíces etruscas y sus influencias griegas, y que bien podría entenderse como una evolución de la etapa helenística griega.
La admiración por todo lo griego fue mucho más allá de la simple fascinación. Por ejemplo, en todo el Imperio romano la verdadera koiné, la lengua de cultura y de conocimiento, no fue el latín, sino el griego. El latín se convirtió en la lengua de la administración y de la vida cotidiana, pero la mayor parte de la sabiduría, la filosofía, la historia y el conocimiento que florecía al este de la península italiana se compilaba en griego y era frecuente que las principales familias romanas se procuraran esclavos griegos para educar a sus hijos en la cultura helena.
En cuanto a la homosexualidad, el pueblo romano era bastante pacato y no solían tolerarla en público. Incluso se penaba con la muerte la homosexualidad pasiva, aunque se hacía la vista gorda a las prácticas homosexuales si el varón libre tomaba un papel activo. Con el tiempo, precisamente tras la conquista del mundo griego por los romanos, estas prácticas se fueron tolerando cada vez más, e incluso en las provincias orientales se veían como naturales. Eso sí, el lesbianismo fue considerado como una degeneración, y no faltan testimonios, como el de Séneca, que se niegan a creer, incluso, que pueda darse el sexo entre dos mujeres; o, para colmo de la hipocresía, no faltaban quienes, como el poeta hispano Marcial, no escondieran su deleite acostándose con críos mientras criticaban abiertamente el sexo lésbico o la homosexualidad masculina pasiva.
La famosa Copa Warren, en plata labrada, que muestra a dos hombres en pleno acto sexual

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